Darwin y la Evolución en la calle

Al hablar de evolución, a menudo nos imaginamos animales exóticos que habitan en lugares remotos o dinosaurios de proporciones gigantescas que vivieron hace millones de años. La selección natural, la ley del más fuerte y los antiguos escritos de Darwin parecen teorías del pasado, lejanas y que necesitan mucho tiempo para hacerse realidad. Sin embargo, la evolución está ahí fuera y sólo tenemos que salir a la calle o mirar por la ventana para verla. Pájaros de picos más largos en España, lagartijas con dedos más adherentes en Puerto Rico, ratones de patas blancas en Estados Unidos o zorros colorados en Suiza se adaptan día a día al entramado de cemento de las grandes urbes.

Carbonero capturado por una Cámara Trampa en Szentgotthárd (Hungría)

El ser humano ha construido un medio hostil en el que desplazarse, comer o relacionarse con los demás supone un problema para el resto de especies. Más de la mitad de la población humana reside en ciudades. Pero mientras que para visitar a un amigo nosotros podemos usar cualquier medio de transporte, para hablar con un pariente descolgamos un teléfono y para adquirir víveres nos trasladamos al supermercado, los animales no se escuchan correctamente o se ven empujados a salvar una serie de obstáculos a veces insorteables para poder realizar estas tareas. La adaptación resulta por tanto obligatoria y la evolución actúa en todos ellos.

Los científicos llevan décadas investigando cómo afecta la acción del hombre en los animales y en las plantas, pero hasta hace poco desconocían cómo se adaptan a ella. En los últimos años ha crecido el interés por observar la llamada evolución urbana, lo que ha llevado a la publicación de numerosos artículos especializados en tan sólo cinco años. La revista Science, en un intento por recopilar e integrar toda esta información, ha publicado este jueves, de la mano de Marc Johnson, de la Universidad de Toronto (Canadá) y de Jason Munshi-South, de la Universidad Fordham de Nueva York (EEUU), una revisión(1) de 192 de estos estudios.

Johnson y Munshi-South mencionan una infinidad de ejemplos y discuten las conclusiones que se extraen de todos ellos, lo que incluye efectos sobre la salud pública. No hay que olvidar que en nuestro entorno conviven bellos pájaros, en algunos lugares hasta perritos de las praderas, sin embargo, nuestros edificios alojan cucarachas o chinches y nuestras alcantarillas las recorren una gran población de ratas. Nuestro ecosistema, tan distinto del medio natural, se rige, no obstante, por los mismos mecanismos y leyes que actúan en el resto del planeta y para su mantenimiento, quizás no necesitemos introducir leones africanos, pero, a otra escala, también son necesarios los depredadores que mantengan a raya las plagas, o un control de los productos químicos que empleamos.

La contaminación, la excesiva iluminación, el ruido, la reducción del espacio o la construcción de carreteras que actúan como fronteras han esquilmado la biodiversidad de la fauna y la flora, las ha aislado y ha introducido mutaciones. “Y una vez que surgen las mutaciones en una población, la selección natural y la deriva genética (esos cambios aleatorios en las frecuencias de los genes) frecuentemente aumentan la tasa de evolución en las áreas urbanas”, ha afirmado Marc Johnson.

Si bien el efecto de la urbanización resulta directo, “la mayor parte de la evolución en las áreas urbanas proviene de mutaciones que ya existían”, ha resaltado Johnson. Los autores destacan que no todos los cambios son negativos y recuerdan el famoso caso de las polillas moteadas oscuras, tan conocido por los estudiantes de biología. “Esta mutación fue beneficiosa a principios de 1900, porque permitió a las polillas estar mejor camufladas contra las aves depredadoras cuando se posaban en árboles cubiertos de hollín, un hollín oscuro causado por la contaminación urbana”, ha explicado. Paradójicamente “después de la reducción de la contaminación, en la década de 1950, la mutación se volvió perjudicial en relación a la forma original del gen”, pues al ser más oscuras eran visibles sobre los árboles más claros. Johnson va más allá y ha afirmado a este medio que ese tipo de mutaciones, que ya tienen algunos seres vivos antes de verse afectados por la convivencia con el ser humano, son como reservas de variación que pueden ser útiles en un futuro, si las condiciones del medio cambian y favorecen a quienes las portan.

El mismo Johnson, en su laboratorio, ha investigado otros casos desconcertantes de evolución en las ciudades como el de las plantas de trébol blanco, que presentan mutaciones que bloquean la producción de potentes defensas tóxicas (como el cianuro de hidrógeno) contra los herbívoros. “La pérdida de esta defensa es beneficiosa en las ciudades porque la presencia del cianuro de hidrógeno hace que las plantas sean más susceptibles a las bajas temperaturas” cosa que ocurre en las urbes por la noche durante el invierno, según ha comentado.

España también ha sido incluida en la revisión de los dos científicos, con dos sucesos sorprendentes, el de la salamandra de Oviedo y el del pájaro carbonero común en Barcelona. La evolución, afirman Johnson y Munshi-South, no es igual en las ciudades nuevas que en las ciudades más antiguas. “Las más antiguas pueden tener un efecto más pronunciado en la evolución, ya que las ciudades más antiguas, o las partes más antiguas dentro de una ciudad, han tenido más tiempo para permitir que las poblaciones evolucionen. Uno de los mejores ejemplos de esto es el de Oviedo, donde las salamandras de las partes más viejas de la ciudad han evolucionado de manera distinta a las salamandras que viven en las partes más nuevas”, ha destacado Johson.

En cuanto al carbonero común de Barcelona, esta bella ave de tonos amarillos y negros se ha visto beneficiada por vivir en la ciudad catalana y presenta una mayor variación genética en los parques urbanos que en los bosques cercanos. Aunque la urbanización puede crear barreras, a veces los entornos urbanos facilitan el flujo de genes, como explican los autores.

En todo caso, la fragmentación del área donde viven los seres vivos, es en general perjudicial y la acción antropogénica está detrás de la pérdida de muchas especies. Beatriz Sánchez Cepeda, responsable del programa de Biodiversidad Urbana de la Sociedad Española de Ornitología (SEO BirdLife) aporta cifras. “Según los datos de los programas de seguimiento de SEO/BirdLife, las aves ligadas a medios urbanos han disminuido un 17% en los últimos 18 años, entre 1998 y 2016”, ha afirmado a este periódico. “Se observa un declive importante”, ha destacado. Para Sánchez las causas están relacionadas con la pérdida de los lugares de nidificación, podas de árboles en momentos de puesta, choques contra edificios de cristal durante el vuelo o ambientes homogéneos.

Tanto Johnson y Munshi-South como Sánchez coinciden en la importancia de la biodiversidad, no sólo por el bien de las propias especies sino de nosotros mismos. “La mayor diversidad genética de las plantas conduce a una mayor diversidad de insectos herbívoros en estas plantas, una mayor diversidad de insectos depredadores que se alimentan de los herbívoros, más especies de polinizadores y una mayor biomasa y fecundidad de las plantas. En resumen, la preservación de la diversidad genética puede tener efectos positivos sobre la biodiversidad y el mantenimiento de ecosistemas saludables”, ha explicado Johnson.

“La biodiversidad en las ciudades contribuye a mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Un estudio reciente publicado en la revista BioScience en Febrero de 2017 afirma que las personas que viven en barrios con más aves, árboles y arbustos son menos propensas a sufrir depresión, ansiedad y estrés”, ha recordado por su parte Sánchez. “Las aves son un indicador de la calidad ambiental y se pueden utilizar como indicador de la calidad de vida también en las ciudades. Pueden advertirnos de si algo va mal en nuestro entorno, antes de que sea demasiado tarde”.

RefrerenciaEvolution of life in urban environments. Marc T. J. Johnson, Jason Munshi-South

Fuente: El Mundo

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