Gigantopithecus blacki, fue un pongo divergente temprano

Un estudio, con participación española, ha recuperado la evidencia molecular más antigua sobre la evolución de los homínidos gracias a la reconstrucción de las proteínas del esmalte de un molar fósil del simio gigante extinto Gigantopithecus blacki de dos millones de años de antigüedad. Su análisis ha logrado resolver la duda de si perteneció o no al linaje humano.

Representación artística de Gigantopithecus blacki (izquierda) y mandíbula fósil de esta especie (derecha). / Ikumi Kayama y Wei Wang con Theis Jensen

Gigantophitecus es un género extinto de primates hominoideos que vivió hace entre dos millones y 300.000 años, cuando se extinguió durante el Pleistoceno, y que habitaba los bosques de los actuales países de China, India y Vietnam. Era un gran simio, con unos tres metros de alto y un peso de hasta 500 kilogramos (dos veces el peso de un gorila actual).

Durante la década de 1930, sus muelas, descubiertas en la cueva de Chuifeng (China), se vendieron como un remedio tradicional bajo el nombre de ‘dientes de dragón’. Fue en 1935 cuando el paleontólogo Ralph von Koenigswald identificó uno de los molares, de más de 2,5 cm de ancho y propuso que fuera la pieza de un enorme primate al que llamó Gigantophitecus por primera vez.

Después de ese descubrimiento inicial, continuaron apareciendo dientes e incluso algunas mandíbulas fosilizadas, pero la historia evolutiva no pudo avanzar debido a la falta de técnicas genéticas y moleculares disponibles.

Estudios más recientes han revelado que Gigantophitecus era herbívoro, combinando el estudio de la forma ancha y plana de los molares encontrados, su composición química y el análisis de fósiles de plantas microscópicas encontrados en algunos dientes. Sin embargo, hasta ahora nada se sabía a ciencia cierta sobre su extinción o en torno al parentescode este gran simio con el resto del linaje humano.

Ahora, investigadores del Instituto de Biología Evolutiva (IBE, un centro mixto de la Universidad Pompeu Fabra y del CSIC) y el Globe Institute de la Universidad de Copenhague han conseguido restituir por primera vez las proteínas del molar fósil de aproximadamente dos millones de años de antigüedad para esclarecer la historia antigua de la evolución humana. Los resultados se publican en el último número de la revista Nature.

Molar inferior de ‘Gigantopithecus blacki’ estudiado con un tamaño de 13 milímetros. / Wei Wang, Theis Jensen.

Hasta ahora, todo lo que se sabía sobre esta especie se basaba en la morfología de los dientes y mandíbulas encontrados, propios de un herbívoro”, comenta Enrico Cappellini, investigador en la Universidad de Copenhague. “Ahora, el análisis de las proteínas antiguas de su esmalte, o análisis paleoproteómico, nos ha permitido reconstruir la antiquísima historia evolutiva de este pariente lejano”, añade.

Pariente lejano del orangután

Gracias a esta técnica, el equipo ha logrado comparar el proteoma (totalidad de proteínas expresadas) reconstruido del fósil con una base de datos de proteínas de homínidos conocidos, pudiendo clarificar la posición del Gigantopithecus en la historia evolutiva y resolviendo la duda de si perteneció o no al linaje humano.

El análisis ha revelado que el pariente vivo más cercano de G. blacki es el orangután, aunque su separación con los actuales es muy lejana, lo que explica la anterior confusión en el campo”, explica Tomàs Marquès-Bonet, investigador del IBE y del Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont (ICP), y colíder del trabajo.

Según el biólogo, ambos divergieron pronto en el Mioceno, hace más de 10 millones de años, “pero sin duda compartían un ancestro común”.

La técnica paleoproteómica desarrollada por el equipo podría ser empleada para esclarecer la historia evolutiva escondida en fósiles demasiado antiguos para conservar el ADN.

Por ahora la técnica nos ha permitido recuperar proteínas fosilizadas en el esmalte de los molares”, comenta Marquès-Bonet, “pero podría utilizarse con muchos otros restos óseos para revelar la vasta antigüedad de la evolución humana, que aún desconocemos en gran medida”, concluye.

Paisaje del área que rodea la cueva Chuifeng (China) donde fue encontrado el fósil. / Wei Wang

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