Leonardo da Vinci y el problema de los fósiles

Por Enrique Martínez Miura, para FÓSIL

El Renacimiento representó no sólo una vuelta a las ideas estéticas que reinaban entre los escritores y los artistas plásticos helénicos y latinos, sino también la recuperación del talante científico perdido y unos conocimientos olvidados.

La Edad Media había sido, en este sentido y por mucho que algunas posturas revisionistas intenten matizarlo, una auténtica era oscura para las disciplinas que se ocupan de estudiar la naturaleza. La experimentación y el trato directo con la realidad se habían visto relegados en favor del mito, las ideas fantasiosas y el principio de autoridad, con referencias obligadas a textos de autores del pasado, significativamente uno de ellos un gigante del mundo antiguo, Aristóteles, bien que tamizado por el dogmatismo tomista. Puede decirse que la cita académica acabó por pesar más que la observación concienzuda y rigurosa de los fenómenos. El contexto religioso creó un entramado ideológico que cribaba las posibles personalidades paganas que se tenían por parcialmente rescatables, de modo que se incorporarían únicamente aquéllas cuya visión del mundo estuviera en armonía con el férreo enfoque que se deseaba transmitir. Obviamente, el mayor pensador —y no sólo en el campo de las ciencias de la naturaleza— de los adoptados por la civilización cristiana fue, sin lugar a dudas, el ya citado Aristóteles.

Cristalizaron durante el Medievo una serie de concepciones rígidas en los ámbitos del saber que tiene a la realidad como su objeto, cuyas últimas consecuencias fueron desmontadas solamente en la segunda mitad del siglo XIX. Una lectura ultradogmática llevó a considerar que la Biblia reflejaba una verdad absoluta en su sentido más literal. Así, en el terreno que nos interesa, las especies animales carecían de historia, se encontraban terminantemente aisladas unas de otras, y sus características, fijas e inamovibles, permanecían por siempre siendo las mismas que en el momento de su aparición sobre la tierra. Ello implicaba, por descontado, que sólo las especies actuales que se ofrecían a los ojos del hombre como rey de la creación habían existido. No cabía ni tan siquiera la idea de que hubieran tenido alguna clase de predecesores, entidades lógicamente imposibles de acuerdo con esta concepción de la naturaleza, puesto que todo lo viviente había surgido en un instante muy preciso por obra de un acto de creación de la divinidad.

En semejante marco, las constantes y numerosas apariciones de fósiles amenazaban con poner a prueba todo el edificio de la imagen aristotélica de la naturaleza. Los fieles seguidores de la narración del Génesis explicaban estas piedras por medio de unas suposiciones que hoy nos parecen inverosímiles y fantasiosas, pero a las que evidentemente se vieron forzados por el sistema de pensamiento de su época. Gravitaban en el fondo de la cuestión dos planteamientos que no podían ser aceptados. Se trataba en realidad de que los fósiles aportaban pruebas del transformismo de las especies y de la gran edad de la Tierra necesaria para ello. Siguiendo a la Biblia, la Tierra no podía tener más que unos pocos miles de años. Recordemos que todavía en 1650, James Ussher y John Lightfoot habían fechado con toda exactitud el momento mismo de la creación: las nueve horas del 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo. No explicaron cómo se llegaba a ese día del calendario si el tiempo no existía antes.

La idea vigente durante siglos consideraba a los fósiles como un capricho de la naturaleza. Una gran carga ideológica y sobre todo religiosa pesó como una losa sobre cientos de naturalistas o curiosos, que se vieron impedidos de reconocer su verdadera identidad de antiguos animales, dotados una vez de vida y ahora mineralizados.

La postura dominante ante el problema partía de Aristóteles, con algunas matizaciones de su seguidor árabe Avicena (Ibn Sina). Así y todo, el filósofo estagirita dio un considerable impulso a las ciencias naturales con su Historia animalium(1), aproximación que de una u otra forma sobrevivió hasta la llegada de Linneo. Avicena, en el seno de la cultura islámica, como Tomás de Aquino en la Cristiandad, absorbió el saber aristotélico en bloque, aunque intentó realizar una síntesis del mismo con el legado platónico. Creía que en esta unión se encontraba la cumbre de la sabiduría humana.

Según esta corriente de pensamiento, pues, fruto del estudio de filósofos y no de naturalistas, los fósiles pertenecían desde su mismo origen al reino mineral. Su forma y constitución presentes no eran el resultado de un proceso, sino una situación invariable. Su aspecto, sorprendentemente cercano al de animales o plantas, se debería a una misteriosa e inexplicada fuerza plástica, cuya única finalidad parecía ser de orden lúdico. Los pensadores cristianos tomaron la idea aristotélica y la tiñeron oportunamente de rasgos religiosos. Era Dios mismo quien se había complacido en otorgar a unos minerales esas formas tan peculiares como demostración —sin otro objetivo— de su omnipotencia.

Se formularon también pretendidas aclaraciones que fueron todavía más peregrinas, como la astrológica, que quería encontrar en los fósiles la respuesta mineral producida en nuestro planeta a la acción de las estrellas.

Llegado el Renacimiento, la mirada del hombre sobre el mundo que lo albergaba cambió de manera radical. Su concepción de la naturaleza se hizo gradualmente más empírica y se fue despojando con lentitud de los mitos y la fantasía, un camino que obviamente desembocaría en la revolución científica de Copérnico, Kepler y Galileo. Encaja perfectamente en las coordenadas de ese proceso la figura extraordinaria de Leonardo da Vinci. El gran artista florentino dedicaba una atención constante a todas las ciencias naturales; su método se basaba en una minuciosa e inflexible observación de la realidad que le rodeaba. El científico-artista nacido en Vinci penetró profundamente en la raíz de todos los temas de este género que estudió. Bastará una brevísima relación que no puede perder de vista sus magníficos dibujos anatómicos, los estudios de anatomía comparada animal y humana, el tratado del vuelo de las aves, las investigaciones botánicas y tantos otros trabajos, destinados todos ellos, como se sabe, a permanecer en forma manuscrita, sufriéndose pérdidas irreparables. Con todo, muchos manuscritos, luego de una azarosa conservación que los hizo pasar por numerosas colecciones privadas y museos, han llegado hasta hoy.

Leonardo meditó sobre las posibilidades del transformismo de las especies de los seres vivos y se planteó el problema de la presencia de los fósiles, que él mismo encontró en sus excavaciones. Informa en sus cuadernos de notas haber hallado “…almejas, caracoles marinos, ostras, caparazones de tortuga de mar, restos de cangrejos marinos, peces petrificados e innumerables especies más”(2), todo ello en zonas altas de Lombardía, dato que aporta en esta otra frase: “En los montes de Parma y Piacenza podemos ver todavía cantidades inmensas de conchas y corales agujereados adheridos a las rocas”.

Leonardo, por sus trabajos topográficos, conocía al detalle la región prealpina lombarda y demás zonas elevadas situadas a gran distancia del mar. El autor de La batalla de Anghiari reaccionó ante los fósiles aplicando la lógica, no recurriendo a citas librescas. Su actitud le relaciona con los filósofos presocráticos, aquellos que para Nietzsche habían sido los verdaderos sabios y no las grandes individualidades posteriores. No estará, tal vez, de más que, antes de seguir con el artista florentino, recojamos algunas de las ideas, en el terreno que nos ocupa, de estos pensadores.

Anaximandro de Mileto (611-546 a. C.) fue el primer autor que se interesó por la naturaleza. Según este continuador de Tales, todas las cosas derivan de una sustancia primigenia (ápeiron). Los seres vivos, en concreto, procederían de un elemento húmedo, para pasar en una segunda fase a tierra, por medio de sucesivas adaptaciones. Una exposición, como vemos, inusitadamente actual sobre el origen de los anfibios y restantes especies terrestres. En cuanto a la génesis del hombre, el milesio creía en su procedencia de los peces.

Empédocles de Agrigento (482-430 a. C.) defendía que el ser nace de la materia, en sus cuatro elementos, que se equilibran por las fuerzas del espíritu; esto es, odio y amor. Expuso también la teoría de la existencia primera de todos los órganos separados, capaces de unirse entre sí por medio de todas las combinaciones posibles. La idea no pasaría de ser una fantasía más de una muy amplia nómina sin las sorprendentes consecuencias que Empédocles deduce de este primer aserto suyo. Los seres vivos actuales son el resultado de haber sido desdeñados los formados por combinaciones imperfectas. Casi una anticipación, por muy embrionaria que sea, de la selección natural darwiniana a más de dos mil años de distancia.

Las ideas evolucionistas estaban, por lo tanto, muy difundidas entre los presocráticos. Con este bagaje, su postura frente a los fósiles, que como es comprensible ya se encontraban con gran frecuencia en sus días, fue pronto tan realista como acertada. Aunque con escasa estructuración de esas ideas de acuerdo con lo que hoy consideramos científico, eran plenamente conscientes de que se enfrentaban a las formas pétreas de lo que antaño habían sido seres vivos.

Los griegos anteriores a los sistemas filosóficos de Platón y Aristóteles tenían una visión, si bien poco precisada, mucho más extensa sobre la edad de la Tierra. Es significativa la argumentación de Heródoto de Halicarnaso(3), quien pensaba que el Nilo había necesitado muchos miles de años para formar su delta mediante el lento ritmo de la sedimentación.

Leonardo conecta directamente con las ideas de los filósofos presocráticos, que probablemente no conocía, no ya porque se enorgulleciera al llamarse a sí mismo “hombre sin letras”, sino por no haberse recuperado todavía en su época ese patrimonio, si bien debe admitirse la posibilidad de la circulación de algunos escritos bajo forma manuscrita. La actitud leonardiana, en todo caso, iba a ser la del mundo antiguo aún no contaminado por los dogmas: estudio de la naturaleza por medio de la observación.

Los primeros hallazgos de seres marinos en montes muy alejados de su ambiente normal encuentran una inmediata respuesta lógica en el planteamiento de Leonardo. Respuesta completamente veraz y al mismo tiempo cargada de heterodoxia en su momento: “Si pretendieras afirmar que los moluscos que se encuentran en estos montes han sido engendrados por la naturaleza con la ayuda de los astros, ¿de qué manera explicarías entonces cómo han podido las estrellas crear en el mismo lugar moluscos de diversos tamaños, diferentes épocas y distintas especies? Semejante opinión no puede mantenerse en cerebros dotados de sano intelecto”.

Leonardo se opone, de inmediato, a las teorías diluvianas, inauguradas en el siglo XIII por Ristoro d’Arezzo —autor del primer tratado científico en lengua vulgar—, que sostenían la responsabilidad exclusiva de esta catástrofe bíblica en el traslado de restos marinos a las cumbres de las montañas. Leonardo niega de forma tajante la participación del Diluvio en el fenómeno: “Si se dijera que el Diluvio arrastró esas conchas a cientos de millas del mar, esto no pudo suceder así, puesto que el Diluvio fue originado por las lluvias, y éstas empujan los ríos hacia el mar con los objetos que arrastran y no lanzan a los montes las cosas muertas de las orillas marítimas”. También se opuso Leonardo a la idea de la fuerza plástica y a la teoría de carácter astrológico: “Si se dijera que todas estas conchas han sido y están siendo continuamente producidas en tales lugares por la naturaleza y potencia del firmamento, una opinión así no es razonable, porque los años de su crecimiento están numerados en el mismo caparazón de las conchas”.

Página del Códice de Leicester en el que Leonardo especula sobre el origen de conchas marinas en las montañas y en la que interpreta el fenómeno de los fósiles como parte del mundo natural y no como los restos de un acontecimiento bíblico.

El ingenio de Leonardo capta en un momento la explicación más atinada: las tierras firmes del presente estuvieron necesariamente inundadas en tiempos pretéritos. Los fósiles eran, por lo tanto, las formas actuales petrificadas de las varias especies de seres vivos que habitaron esos mares. Su posición, impresionante por su modernidad, también nos depara una teoría acerca de la formación de los fósiles. Según el gran artista, el fango se habría convertido en el medio más abundante tras la retirada de las aguas, y en él quedaron depositados los cadáveres de los animales o los restos de las plantas. Escribe Da Vinci en sus cuadernos de notas: “Las conchas de los moluscos se han conservado entre dos sustancias petrificadas, a saber: aquellas que las rodeaba y la otra que ya se hallaba en su interior”. La petrificación de otros tipos de animales producía un molde hueco por el arrastre de sucesivos limos, de suerte que se “conservaba la forma exacta de los animales que allí habían yacido”. Leonardo comprendía perfectamente el inmenso período de tiempo necesario para que todo el proceso se consumase. Acabó convencido de que las especies vivientes cambian a instancias de “la necesidad y el movimiento”. Aunque no creó un completo edificio científico, esta idea puede encontrarse, más o menos veladamente, en sus cuadernos de notas. Si Leonardo hubiera dado a la luz sus descubrimientos en el campo de los fósiles y en el de las concepciones transformistas, la ciencia tal vez se habría evitado un camino de décadas y hasta siglos infructuosos. Pero asimismo es muy probable que el heterodoxo pensamiento del pintor le hubiese granjeado sinsabores, procesos y persecuciones. Aunque lo más plausible es que todo este planteamiento tan desarrollado le fuese ajeno al mismo Leonardo.

Notas

  1. Hay versión castellana disponible: Aristóteles, Investigación sobre los animales, introducción de Carlos García Gual; traducción de Julio Pallí Bonet, Madrid, Gredos, 1992.
  2. Son numerosas las ediciones de los cuadernos de notas de Leonardo, la más aconsejable sigue siendo The Notebooks of Leonardo da Vinci compiled and edited from the original manuscripts by Jean Paul Richter, 2 vols., Nueva York, Dover, 1970, reedición del original The Literary works of Leonardo da Vinci, Londres, Searle & Rivington, 1883. En español, no se cuenta más que con antologías muy sucintas y escasamente sistemáticas.
  3. Heródoto, Historia, libros I-IX. Traducción y notas de Carlos Schrader, Madrid, Gredos, 1977-1989.

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